viernes, 8 de abril de 2016

De(con)struyendo hacia lo alto. Una versión del juego de la torre y sus derivaciones

Ya el mismo Freud hizo mención a la importancia del deseo de ser grande en los niños, del deseo de crecer -podemos decir- tan alto como una torre, si nos permitimos jugar un poco con el tema que nos convoca. Este deseo de erigirse hacia lo alto -tan teñido de metafísica, por cierto-, si se tiene fortuna, atravesará la vida entera bajo diferentes vestiduras, yendo desde la temprana erección del cuerpo hasta la voluntad de ascender en un trabajo, para acabar en el ultimísimo anhelo de los creyentes -y tantas veces de los urgentemente convertidos- de remontarse hasta el reino de los cielos cuando ya no hay más remedio que partir. Pero resulta que, para crecer, hace falta poder derribar total o parcialmente ciertas torres y ser capaz de crear nuevas, siempre metafóricamente más altas, pero fundamentalmente distintas y propias. Crecer implica, primeramente, un movimiento deseante que marque una diferencia.
En rigor de verdad, podemos pensar en torres de toda índole, pero comencemos a hilar menos grueso en base a una referencia de Winnicott desarrollada por Ricardo Rodulfo, autores que nos servirán de inspiración a lo largo de todo el escrito. 
El mencionado psicoanalista inglés, llamó la atención sobre la tendencia de los niños a desplomar violentamente y con la mayor de las alegrías aquellas torres que construyeron a veces con gran minuciosidad, siendo lo jubiloso de esta destructividad un elemento esencial de la escena.
No será lo mismo desarmar prolijamente la torre, pieza a pieza, sino que debe estar en juego más bien algo de un movimiento brusco, pleno de vivacidad, para que el disfrute sea considerable. Esta violencia de la alegría -tan desatendida por los océanos de tinta psicoanalíticos- no tendría por qué hablarnos -al menos en principio- de una actitud reactiva. Sencillamente, podría concebírsela como la puesta en acto de un deseo espontáneo de destructividad sin cólera, que disfruta de derribar lo que, tal vez, se jugó a creer sólido y resistente, para demolerlo así con más ánimo. En este punto, cabe destacarse que el mayor gozo se da cuando la torre no es ajena, sino levantada por la propia persona, con todo lo que de animarse a desmantelarse a uno mismo en nombre del desear le podemos llegar a suponer a esta operación.
Como sea, si todo va bien, luego de hacer volar la torre en pedazos, se habrá habilitado para el pequeño destructor la posibilidad de construir otra a la orden del capricho que lo asalte, siendo entonces esta dispersión, condición para una nueva puesta en marcha de la creatividad. 
Pero la antedicha es una secuencia ideal, ya que pueden surgir múltiples obstáculos, y este juego enfermarse o no llegar siquiera a nacer. Por una parte, puede darse que un niño no sienta deseos de construir o demoler una torre, casos éstos los más comprometidos, en tanto ni siquiera se presenta el impulso deseante, siendo la ausencia de tentación todo un signo clínico. También puede ocurrir que un pequeño contenga su deseo de construirla o derribarla, lo que bien puede hablarnos de un impedimento para asumirse como deseante ante la mirada del otro -o aún ante la propia-, refrenamiento que tendrá un efecto negativo sobre su capacidad creativa. Además, el hecho de jamás derrumbar la torre, puede suceder a cuenta de pasar de tarea en tarea sin concluir ninguna, o de la mano de la excusa de agregar infinitos detalles para no acabar jamás con la construcción, por sólo mencionar dos vías posibles.
Ahora bien, si tomamos a la torre figurativamente -tal como lo sugerimos al principio- y ampliamos el panorama para hablar entonces de lo dispuesto-de-cierta-manera o llevado-a-cabo-de-cierto-modo, resulta de interés el caso de aquellos niños que -para decirlo sucintamente- juegan siempre a lo mismo de la misma forma -con todo el carácter lúdico susceptible de perderse así en el camino-, invariabilidad que denuncia la rigidez de una torre que no puede doblegarse para permitir con su caída nuevos jugares.
Vemos como es, en definitiva, la libertad de movimiento la que se ve afectada en nuestros últimos ejemplos, ya sea en el caso de los que ni siquiera pueden comenzar con la construcción de la torre como en el de los que no consiguen destruirla o ponerla a jugar, derivaciones patológicas en las que bien podemos suponer –de mínima- un desear maniatado en pos de evitar una situación angustiante, lo que hace pensar entonces en una inhibición en funciones, al ser justamente la movilidad propia de la potencia del deseo la implicada. Como podemos sostener a partir de Ricardo Rodulfo, el universo fóbico -aún en su diversidad de manifestaciones- representa una problemática fundamentalmente ligada al movimiento y su limitación, aspecto éste bien conocido por nuestro célebre pequeño Hans. En este sentido, cabe destacarse la importancia del papel del analista como aquel que colabora y acompaña en el derribamiento de aquellas torres invariantes al entrometerse estratégicamente en su disposición o en sus anquilosados circuitos de relación, ya sea para entorpecerlos o para invitar alguna diferencia.
Muy distinto es el caso de una púber a la que tuve oportunidad de atender, en quien el jugar fluía con mucha soltura y con la que nos dispusimos a armar una especie de torre horizontal con fichas de dominó, las que luego caerían una a una al empujarse alguna de las situadas en los extremos. Se trataba aquí claramente de un trabajo en conjunto que se daba en una superposición de zonas de juego, al decir de Winnicott. Pero para mi asombro, el mayor disfrute no aparecía cuando podíamos llevar la tarea a su fin y todas las fichas caían siguiendo su anticipable orden, sino cuando, sin quererlo, se nos caía la fila a mitad de nuestro cuidadoso diseño, debido ya sea a algún tropiezo o a un arrebato de nuestras manos.
Si bien no había movimiento agresivo alguno en un sentido -diríase- literal, el ejemplo nos sirve para dar cuenta del valor de un componente que considero esencial en esto de abatir armazones: la violencia de la sorpresa, tan amiga de toda cualidad lúdica y protagonista fundamental de aquella imprevisibilidad que se juega respecto de no saber adónde irán a parar los ladrillos cuando se le propina un manotazo a una torre. Derrumbar no sería tan divertido si se supiese adónde acabarán cayendo los elementos, como no sería para nada motivador conocer nuestro destino, si lo hubiese y eso fuese posible. Aunque claro, no siempre lo sorpresivo será bienvenido, basta jugar a aquello popularmente conocido como Jenga para saberlo.
En fin, lo importante para el disfrute no es entonces tanto que la torre caiga, sino más bien las condiciones de este desparramo, siendo aquí esencial la expectativa de no saber cómo sucederá, y mayor aún será el enigma de esta diseminación cuanto más fuerte se esté dispuesto a dar el golpe, combinación ésta literalmente explosiva, y por ello mismo, tan seductora para el niño sano como terrorífica para el que no cuenta más que con temblequeantes apoyaturas.
En suma, de lo que hablamos no es sino de la alegría de un violento desorden, o reducido a su mínima expresión, del júbilo de la introducción de una diferencia que marca el pasaje de una presencia a una ausencia que se entrelazan en un instante tan breve como intenso. Da-fort, podríamos decir con Freud.
Pero este maravilloso bullicio caótico capaz de hacer estallar la sinfonía de lo organizado, no siempre da lugar a la creación de nuevas torres, dado que perfectamente puede sucederle un detenimiento inhibitorio, un arrepentimiento culpógeno o una irrupción angustiosa. Cabe considerar entonces que no está en absoluto garantizada la capacidad de estar a la altura de soportar las consecuencias de la puesta en acto del deseo de modificar lo dispuesto, lo que puede valer para múltiples lecturas, en especial en relación a aquellas primeras veces que devinieron problemáticas y acabaron sentando un precedente enemigo de relanzamientos futuros.

Las torres y sus límites

Si avanzamos algunos años, debemos decir que el adolescente es, si todo marcha convenientemente, un especialista en esto de demoler torres, sea que se llamen jerarquías, ideales, valores familiares, códigos de grupo, normativas institucionales; en definitiva, prácticamente todo lo que quede bajo la rúbrica de lo establecido. Esto puede incluso tomar un sentido que vaya más allá de un insoportable cuestionarlo todo -aún sin un solo argumento consistente- y derivarse en comentarios sarcásticos, gestos burlones y actos transgresivos y hasta vandálicos, en los que suele encontrarse una tonalidad lúdica más o menos evidente. En fin, todas actitudes bastante molestas, que bien pueden venir a indicar un: “¡Ey, préstenme atención! ¡Estoy aquí y soy distinto!”, enunciación que sólo se sostendrá en su diferencia si los adultos destinatarios no abdican y son capaces de oponerle cierta resistencia.
Todos estos verdaderos desafíos a la ley, a la autoridad, resultarán indispensables a los fines de que el adolescente pueda examinar los elementos de los que las edificaciones culturales y sus reglas están constituidas, de que pueda investigar sus recovecos, para poder así armar luego una torre pasible de ser sentida como propia. Esto será por entero distinto que el hecho de aprehender una torre ajena sin imprimirle un sello singular, tal como es el caso de aquellos adolescentes que no fastidian en absoluto, indicador claro éste de alarma clínica si los hay. 
A colación de lo precedente, y siguiendo a Winnicott, diremos que, para poder construir lo propio, será menester atravesar primero la experiencia de la destructividad, o cuando menos -agregamos-, haber lanzado algún soplo de interrogación, capaz de infiltrarse y colisionar hasta con los rincones menos visibles, a ver qué sigue en pie. Sólo luego de este pasaje, el deseo de construir podrá tomar otra consistencia y su producto estará impregnado del color de lo vivo, contraponiéndose esto al gris poco animado de lo reactivo, característico de amoldarse a tradiciones o mandatos que no traen aparejados sino reproducciones carentes de todo atisbo de creatividad en un sentido fuerte. Construir sin transitar la destructividad será edificar sobre una base entonces falsa, lo que va a contracorriente de aquello de crear lo que ya está allí, por lo cual podríamos afirmar que no hay mejor manera de hacer una experiencia saludable de lo que implica la ley que jugarse a enfrentarla en algún sentido, habiendo -por supuesto- múltiples excepciones a esta regla, pues claro está que no se trata de cometer todos los ilícitos imaginables para apropiarse de algo de lo que llamamos legalidad. 
En definitiva, diremos que lo que no se adquiere teñido de algún mínimo coeficiente de naturaleza lúdica y creativa, no será subjetivamente habitable, aunque dichas cualidades no siempre estén tan a la vista, y hasta puedan llegar a inquietar por su destructividad.
Ahora bien, esto de desmoronar torres puede suceder que se realice de manera reactiva, por ejemplo para “sacarse la bronca” ante un frustrante sinsabor de la vida, o -en honor a algún trauma no elaborado- destruyendo a repetición sin que llegue nunca el momento de construir saludablemente algo propio. En este sentido, quisiera mencionar el caso de una joven institucionalizada desde hace años que se dedicaba sesión a sesión a desafiarme, ya sea insultándome o haciéndome propuestas -llamémosle- indecentes de una manera más que explícita, lo que no era sino una modalidad de relacionarse similar a la de su conflictiva madre y a la de su abusador padre. Esa era su torre, transgredir reactivamente derribando punto a punto las normas mínimas de respeto e intimidad en el intercambio con los demás, cuestión que podría ser, a su vez, fácilmente leída como un desesperado pedido de auxilio, al modo de un acting-out, en el sentido lacaniano del término. Pero dicha tendencia antisocial -al decir de Winnicott-, en lugar de conseguir el alojamiento que buscaba, obtenía como efecto el rechazo de su entorno, generándose así un círculo vicioso que llevaba a la paciente a arremeter todavía con más vigor. Considerando que toda seriedad lo único que lograba era exacerbar sus embestidas, sólo fue posible salir de este circuito a través del humor y sus matices, intervención que la desencajaba, tanto como suavizaba el ambiente. Si bien cada tanto sigue resultando difícil maniobrar con estas actitudes, podría decir que aquel pequeño empujón que le di a la torre de su transgresión a fuerza de humoradas y tonos lúdicos, sirvió para que podamos construir en su lugar un nuevo código entre ambos, que al día de hoy seguimos utilizando y que consiguió limar aquella torre tan puntiaguda con la que pretendía incomodarme de continuo. Para soltar y saltar de una torre, otra de la que poder agarrarse para no caer ni volver, aunque más no se trate de cimientos de lo más rudimentarios.
También recuerdo los casos de varios púberes que, más que jugar a un juego de mesa determinado, a lo que se dedicaban era a hacer trampa constantemente, lo cual acababa volviendo inviable la posibilidad de desarrollar los juegos en cuestión. Es interesante observar aquí cómo dicha modalidad instalada pudo ser luego desbaratada sin la necesidad de apelar a la formalidad de un reglamento estipulado, consistiendo mi respuesta simplemente en ofrecerles más trampa, recurso que llevó ya sea a que los pacientes pidan tener las reglas a mano, o directamente a inventar juntos un nuevo reglamento: torre legal consensuada.
Creo entonces importante destacar cómo, tanto para todo analista como para los padres de cualquier niño, púber o adolescente en posición destructiva, resultará imprescindible contar con una cierta capacidad de juego, de humor y de rememoración de la propia experiencia transgresiva para poder vérselas con dicha necesidad de choque sin oponerle un freno de manera represiva, lo que podría afectar el potencial creativo de nuestros “pequeños talibanes”, enemigos de “torres gemelas”. Yendo sólo por la autopista de la juiciosa linealidad del “deber ser”, no hay suficientes puntos de contacto con quienes se empeñan en ir por calles laterales.
En este sentido, me parece fundamental hacer referencia a esa concepción tan popular de que los padres deben “poner límites” a esta violencia espontánea e irrespetuosa de legalidades, cuando verdaderamente no hay nada menos compañero de un proceso subjetivante que una intransigente y continua imposición de la ley. Actuar regularmente de este modo, lejos de proveer una saludable apropiación de las normas, suele generar, o bien sometimiento, o bien rebelión -entendida como violencia reactiva-, cuestión que toma todo su relieve si consideramos los peligros que pueden acarrear los retornos de la represión masiva de la agresividad. Claro que esto tiene sus aristas, puesto que, indudablemente, quienes se precien de ser adultos a cargo, deben ser también capaces de decir “no” con firmeza como medida de protección en ciertas ocasiones, ya que no todo es negociable y una oposición férrea es a veces el sostén más necesario y buscado en tiempos de terremotos capaces de sacudir las torres hasta sus raíces, las que así, enfrentamiento mediante, se mantienen en pie unas contra otras. Por supuesto que también habrá embates a los que será mejor hacer pasar de largo y otros con los que habrá que hacerla corta por su insignificancia ni siquiera merecedora de batalla, a los que será conveniente no ofrecer demasiado material para frenar a tiempo una prescindible bola de nieve. Pero en el resto de los casos, resulta de una utilidad invalorable la veta de hacer partícipe al niño, púber o adolescente de la creación de la ley en cuestión, tal como en aquellas oportunidades mencionadas en las que armamos nuestro propio reglamento para jugar a las cartas: hecha la trampa, hecha la ley. No en otra cosa que en definir la acción específica para cada situación es que consiste buena parte del singular arte de la parentalidad y su precisión quirúrgica para el corte.

El solemne edificio psicoanalítico

También en este asunto de derribar torres, es interesante hacer algunas menciones a la historia y actualidad del psicoanálisis. Basta ver cómo la violencia de una destructividad jubilosa puede observarse ya en aquella referencia de Freud a su sueño de la monografía botánica, en la que cuenta sobre un recuerdo encubridor en el que su padre se divertía al verlos a su hermana y a él arrancar con suma satisfacción las hojas de un libro ilustrado. Diríamos entonces que acompañaba sin reprimir ni sermonear aquel movimiento de quien, justamente, luego se dedicó a escribir con pasión su propia obra, la que enfrentó y demolió tanto de los parámetros aceptados de su época y tanto nuevo introdujo. También esta destructividad puede observarse en Lacan, quien por sus vehementes críticas al psicoanálisis de su tiempo y sus ideas novedosas acabó siendo “excomulgado” de la rígida Asociación Psicoanalítica Internacional. Y Winnicott no será la excepción, en tanto fue capaz de desarrollar -a partir de la clínica con niños reales no reconstruidos- sus propios términos, teoría y métodos, y hasta se atrevió a enviarle una más que honesta carta a la mismísima Melanie Klein, mencionándole los riesgos que para el porvenir del psicoanálisis conllevaba el hecho de no “tirar abajo” la utilización de un sistemático lenguaje muerto que conducía a una técnica aplicada sin juego de pensamiento. Como vemos, la dimensión lúdica se nos cuela una y otra vez entre nuestras líneas.
En fin,  podemos decir entonces que estos autores han tenido el coraje de interrogar lo instituido y de crear nuevas maneras de concebir el psicoanálisis; siempre sin cuestionamientos globales innecesarios, por supuesto, ya que tampoco se trata de desbarrancar sin criterio en una inversión de la obsecuencia. Si de algo no debiese tratarse una revisión crítica, es justamente de igualar las diferencias dándoles un tratamiento en bloque insensible a sectores, detalles, ambigüedades y conflictos internos, y los mencionados pensadores de nuestra disciplina lo sabían muy bien.
Esto se opone, claro está, al culto a lo monótono -casi mántrico y, a veces, hasta con aroma a sectario- con el que hoy por hoy podemos toparnos en diversos ámbitos psicoanalíticos. Dicha actitud se observa, por una parte, a cuenta de una expulsión activa del afuera a través de la cancelación o seria limitación del diálogo con otros saberes e interlocutores -al modo de un parapeto agorafóbico, o aún de una relación negativa autista-; y, por otro lado, debido a un recorte de la clínica -a la manera de una renegación y hasta de una operación forclusiva- que permite confirmar la teoría al aplicarla sobre materiales especialmente escogidos, en lugar de tomar los restos que la práctica nos ofrece para seguir pensando lo que no cesa de no ser pensado y, por eso mismo, retorna. Dichas posturas de impermeabilidad, resultan particularmente contrarias y represoras respecto de aquella entrañable vocación del espíritu psicoanalítico de ocuparse de lo marginal e ir en procura de injertar lo diferente en el propio cuerpo, y van en dirección opuesta entonces al modo de construcción de la obra de aquellos mismos reconocidos y reverenciados bricoleurs -llamados habitualmente autores- a los que se lee obsesiva y enamoradamente a la letra, dando a veces la impresión de que sus teorizaciones recibiesen el tratamiento de una palabra iluminada e incuestionable, caída de uno vaya a saber qué cielo de las majestuosas verdades. Como todos sabemos, sin una celosa actitud de vigilancia, el corazón puede hacer perder la cabeza, y los psicoanalistas no estamos en absoluto exentos de ello. 
En suma, esta modalidad idealizante, que da origen a las que parecieran ser intensas disputas -con batallas de citas incluidas- para discernir quién es el representante -o, aún, el militante-, más fiel y erudito, y entonces pretendidamente capaz de acceder al “auténtico sentido de lo escrito”, resulta inversamente proporcional a la posibilidad de cuestionar y destruir edificaciones teóricas para crear así nuevas y singulares torres, y hasta puede ir a contramano de que se construya por encima o a la vera de las conocidas. Llevado al extremo el fundamentalismo, ya estaría todo dicho y sólo habría lugar para distintas presentaciones de lo mismo. Lo gris de lo gris, quieto silencio de cementerio…
Llegados a esta instancia, algunas preguntas se imponen: ¿A qué poderoso factor podría deberse semejante dificultad para mirar amigablemente a los ojos a lo otro? ¿Por qué la insistencia de este mecanismo de defensa del psicoanálisis en contra del psicoanálisis, es decir, respecto de las interrogaciones y aperturas propias del espíritu psicoanalítico? Salteándonos consideraciones antropológicas bien válidas sobre lo extranjero en tanto hostil, tratemos de aplicar un poco de psicoanálisis al psicoanálisis -como lo sugería Derrida- para intentar darnos alguna respuesta. En primera instancia, podría conjeturarse que el hecho de que lo distinto sea menospreciado o, a lo sumo, sea testeado a la ligera y, por lo general, no sea buscado por motus propio por la media de los psicoanalistas, daría cuenta de un severo impedimento para vérselas con ideas o preguntas que toquen posibles puntos flacos de la teoría, prefiriéndose sostenerla como una construcción robusta, aún cuando esto sólo fuese posible pagando el alto costo de alimentarla en base a venenosos atracones de más de lo mismo. 
Pero intentemos ir todavía más allá, para lo que nos será de utilidad recurrir a algunas consideraciones de Julio Moreno inspiradas en postulados de Ortega y Gasset.
Para Moreno, resultará necesario que el cachorro humano otorgue crédito a los enunciados que vienen de parte de sus progenitores, lo que dará lugar a creencias respecto de las que luego el niño podrá, si todo marcha bien, tomar alguna distancia, pero no sin haber vivido primero inmerso en lo circunscripto por ellas, es decir, dentro de dichas torres, para expresarlo en nuestro vocabulario. Será así que el pequeño les supondrá a sus padres un saber sobre su identidad, la respuesta a todas sus incertezas y hasta los concebirá como conocedores de su destino, cosa que éstos no deben ni confirmar ni negar; y será de parte de dichos progenitores que el niño intentará obtener reconocimiento y amor.
Vale decir en este punto, que el pequeño no será poseedor de estas creencias mencionadas al modo en que puede portarse una idea susceptible de ser trocada por otra con relativa facilidad, sino que el niño más bien será dichas creencias, oficiando éstas entonces como columnas indispensables para el sostenimiento de su ser, razón a la que se debe su cierta rigidez frente a tentativas de cambio. Donde se es, no se piensa, como decía el propio Lacan.
Expresada dicha distinción, vemos como esta lectura de ciertos autores psicoanalíticos a la que nos referíamos, pareciera estar -más que en la vía del mundo de las ideas y su maleabilidad- bien cercana a la creencia de un niño pequeño respecto de sus padres, y vaya si está presente la figura del padre en el psicoanálisis, con todas las inhibiciones que su mirada puede despertar, ¡y más aún si muerto!
En este sentido, podría pensarse que la defensa encarnizada de ciertos puntos de fijación por parte de los normalmente inquisidores y desconfiados psicoanalistas frente a preguntas que los interpelen, está en relación a que han hecho de cierto rígido psicoanálisis un fragmento de su identidad, lo han aprehendido como parte de las más arraigadas de sus fantasmas, respuesta anticipada que protege precisamente respecto de lo que podría pensarse como una actitud analítica. Considero que es justamente por esto que la cuestión se ha convertido en un genuino asunto personal embebido de narcisismo, lo que obstaculiza el hecho de albergar lo distinto sin sentirlo como un ataque que ocasione una intensa reacción emocional refractaria al trabajo de pensamiento. Léase aquí sencillamente: “Quien se mete con tal autor o escuela, se mete conmigo”, todo tejido de las mismas hebras y casi como si se tratase de un tema de filiación.
Así será que los cuestionamientos, en este esquema encolumnado y adoctrinante, sólo podrán tener lugar hacia afuera, lo que conducirá, cual desfiladero, hacia la perpetuación de los instrumentos de lectura de siempre, con todas las limitaciones y falencias que puedan traer en sus bolsillos.
En fin, pareciera que más vale para el clínico la incómoda comodidad de confiar ciegamente en su capacidad de improvisar en el aire estirando inusitadamente los sagrados refritos archiconocidos y explícalo-todo del dogma alienante, que la sudorosa osadía de hacerse a un lado de la senda marcada en procura de nuevos conceptos y articulaciones que se ajusten mejor y más operativamente a la complejidad de la clínica. Pero claro, habiendo ya "grandes autores sobre los que girar eternamente a su alrededor, ¿quién podría necesitar de más "psicoanálisis de autor"? No hace falta.
Hagamos el recuento entonces: parapetos, mecanismos autistas, renegaciones, forclusiones, represiones, bulimia, inhibiciones, falta de permeabilidad frente a la dimensión de la pregunta… Hay que decirlo: más allá de algunas áreas saludables, nuestro querido psicoanálisis -que no vive ni respira por fuera de quienes nos servimos de él y al que llamo en singular tan sólo por costumbre- es verdaderamente un paciente difícil… O bien un edificio demasiado duro… Tamaña resistencia y tamaña paradoja, ¿verdad? 
Pero todo esto, por supuesto, no sólo encierra tradicionalismo, sino que no es inofensivo, en tanto acaba representando un embate contra el psicoanálisis mismo al modo de aquellas enfermedades autoinmunes en las que las defensas contra los agentes externos terminan embistiendo contra el propio organismo, como podemos pensar a partir de Derrida. Es así que, sin cierta condición de orfandad y nomadismo -por utilizar términos caros a Deleuze y Guattari- que lo distancien de su endogamia -y hasta diría onanismo- y abran así a un porvenir amigo de los acontecimientos que golpeen a su puerta, el psicoanálisis avanza día tras día rumbo a su condena de muerte. En pocas palabras, para reproducirse la vida, hace falta la diferencia, lo que no implica sino en este contexto saber y querer conversar -y, seguramente, discutir también- con las originalidades, interpelaciones e interrogantes de los tiempos que corren y correrán, antes de que éstos acaben corriéndonos de escena a nosotros mismos, con nuestra cifrada y peculiar jerga a cuestas. Sólo así evitaremos quedarnos hablando solos, únicamente así podremos ser también obreros de lo que vendrá.

Últimos ladrillos…

Como reflexión final para esta pequeña construcción que intentó poner en acto la temática del escrito, y retorciendo un giro más nuestra torre para exprimirla todavía otro poco, además de hablar de sólidas torres de recorrido recto, tal vez resulte interesante abrir el juego para pensar en la capacidad de hacer mágicos enroques, de pasar de potente monarca a sencillo peón -y viceversa-, de convertirse en intrépidos alfiles que saben irse por la tangente, o de subirse a revoltosos caballos cuando la jugada lo requiera. Caballos que mejor si no muerden ni detienen, aunque puedan tumbarse, hacer un poco de barullo y volver a levantarse, al igual que una torre, una torre viva, y cuánto más viva si hecha de todas estas piezas, blancas, negras y –por qué no- de tantos otros colores.
O aún mejor que hablar de estas antiguas edificaciones -las que me remiten a la vigilancia medieval en pos de defenderse de los ajenos-, resulte el hecho de pensar en términos de miradores. Puntos de vista desde los cuales, al modo de un viajero sin planes demasiado definidos, poder observar el horizonte mientras dicho marco nos plazca o nos resulte útil para seguir nuestro derrotero todavía más lejos. Si bien siempre habrá paisajes dignos de volver a ser observados desde algún sitio querido, puede que el deseo de crecer al que nos referíamos al principio tenga mucho que ver con este entusiasmo de seguir viajando. Y visto así, tal vez haya entonces que otorgarle razón a alguna canción que, no por nada, regresa cada tanto a mis silbidos, y que dice simplemente: “(…) lo mejor que me pudo pasar en el viaje, fue mirar el paisaje y seguir…”.[1]

Bibliografía y referencias:

-Deleuze, G. y Guattari, F.: 
(1971) “El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia”.

-Derrida, J. y  Roudinesco, E.: 
(2001) “Y mañana, qué…”

-Freud, S.: 
(1899) “La interpretación de los sueños”.
(1920) “Más allá del principio de placer”.

-Lacan, J.:
(1962) “El seminario. Libro X”.
(1966) “Escritos”.

-Moreno, J.:
(2002) “Ser humano”.

-Rodulfo, R.: 
(1992) “Estudios clínicos”.
(2004) “El psicoanálisis de nuevo”.
(2009) “Trabajos de la lectura, lecturas de la violencia”.
(2013) Curso dictado por el profesor Ricardo Rodulfo: “El jugar, estatuto teórico y criterios de lectura”.
(2013) “La torre en guardia”.
(2014) “Un juego “político” del niño”.

-Winnicott, D.:
(1939) "La agresión".
(1971) "Realidad y juego".
(1984) “Deprivación y delincuencia”.



[1] Martínez, Andrés Ciro: “Viene hasta aquí” en el disco de Los piojos: “Verde paisaje del infierno”.

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